El diseño social se puede definir desde distintos puntos de vista. A veces se trata de una noción humanitaria que guía la práctica profesional, en otros casos se hace referencia a que el diseño es una herramienta de cambio (para bien o para mal).
La responsabilidad social es un concepto ético, que surgió en las empresas a fines del siglo
XIX con acciones filantrópicas que estuvieron enmarcadas en el ámbito de la fe, primordialmente por la iglesia católica y protestante, muchas de éstas se iniciaron con prácticas caritativas; en la segunda década del siglo XX, la empresa es considerada una empresa social y se suma el saber administrativo a las iniciativas caritativas. Desde los años cincuenta, las empresas son cuestionadas por la contaminación generada del aire y del agua como consecuencia del crecimiento de su producción. Los gobiernos de Estados Unidos y de algunos países de Europa, crean normas que protegen el interés público.
Hoy el tema de la responsabilidad social ha superado la idea del asistencialismo y aunque tiene diversos principios, enfoques, definiciones y actores, supone el cumplimiento de principios éticos que las organizaciones deben cumplir más allá de las responsabilidades legales, “se puede identificar la responsabilidad social de la empresa como los efectos en la comunidad como producto de la actividad desarrollada por ésta” (Aldana, 2000: 113).
Las organizaciones no deben tener como único objetivo la generación de bienes económicos para los empresarios, sino que deben generar beneficios para las comunidades a la cuales pertenecen.
La responsabilidad social ha contado con el respaldo de las proposiciones del “presupuesto social” y del “balance social”1, que se introdujeron en la empresa de manera análoga con el objetivo de concretar acciones de transformación social de manera eficiente y de rendir cuentas a la sociedad, éstos surgieron como consecuencia de las presiones de los movimientos sociales y sindicatos en Estados Unidos y Europa, ante el crecimiento de las multinacionales en las que se generaban grandes concentraciones de riqueza. Ante esta situación estas empresas inician inversiones sociales hacia los trabajadores o alguna comunidad específica, con el objetivo de hacer visibles estas acciones como estrategia de mercadeo, contar con privilegios tributarios, o de no ser atacados por la sociedad.
La responsabilidad social debe entenderse como un deber al interior de las instituciones y organizaciones, no sólo desde las presiones exteriores, “el ser humano por su misma índole es social y debe conformar el tejido de sus relaciones en forma de convivencia justa y equitativa, de modo que viva y se desarrolle en un ambiente de convivencia y de calidad de vida verdaderamente humana” (Remolina, 2000:12). Igualmente, Remolina S. J.
especifica que lo social debe entenderse como un “plus” o valor agregado que debe Sobrepasar la actividad fundamental de cada institución o organización y que debe tener una incidencia dentro de la sociedad.
La insistencia con que se plantea el debate sobre “la función social del diseño” ha hecho que esta frase adquiriera el carácter de verdadera categoría ideológica de la disciplina. El mero planteamiento de esta problemática lleva implícita una toma de posición. Quienes la plantean, con el sólo hacerlo, la reivindican; asignan de antemano a la disciplina una misión humanitaria: la frase contiene, latente, una aseveración: “el diseño tiene una función social". Y lo reiterativo de esta reivindicación lleva, también implícita, otra afirmación: el reconocimiento de que el Diseño, en la realidad, no cumple con ese compromiso supuestamente inherente a su propio concepto. Si se supera toda toma de posición a priori acerca de esta problemática y se la analiza con objetividad, veremos que la respuesta no presenta dificultad alguna, no implica ningún desafío intelectual. Lo interesante de dicha insistencia no es tanto la respuesta que pueda dársele al tema, como los orígenes del dilema, su carácter de síntoma de una patología profesional.
Si nos referimos a la función social en sentido amplio y al diseño en su realidad actual, esta práctica en todas sus manifestaciones tiene una indiscutible función social: todo lo que el diseño produce va dirigido a la sociedad e incide poderosamente sobre ella, para bien en unos casos y para mal en otros.
Si seguimos refiriéndonos al diseño como una práctica real y actual, pero por “función social” nos restringimos a su acepción humanista, tendremos que reconocer que esta función sólo se cumple marginalmente. El diseño sólo puede cumplir una función humanitaria allí donde existan actores socio-económicos (“clientes”) que asuman un compromiso social real, no perverso.
Estos actores escasean. O carecen de fondos (que es lo mismo). La economía y el mercado neo-liberal – contexto real y predominante de la práctica del diseño – poseen un carácter abiertamente antisocial y, por lo tanto, obstaculizan aquella función.
Sólo un sector ultraminoritario de diseñadores conseguirá trabajo en el campo efectivamente social y, aún así, con muy bajas remuneraciones o, incluso, en regímenes de voluntariado solidario.
En una economía de mercado no se puede hablar de “función social” como característica esencial del diseño. En este modelo de sociedad la “función social del diseño” no pasa de ser un desideratum, una pura manifestación de deseos, cuando no una fantasía compensatoria de la culpa.
La función social, antisocial o neutra de cualquier profesión no la determina ésta sino el sistema social en que se inscribe. No está implícita en la disciplina (que puede tenerla o no tenerla): se le asigna desde afuera. Y no es el diseñador quien puede asignársela sino el cliente real, el que encarga y paga el servicio y lo pone en uso. Sólo hay función social donde el cliente tenga una misión social.
En un modelo de sociedad estructuralmente injusta como el vigente la función social del diseño y de cualquier profesión está bloqueada por los intereses prioritarios del mercado. Olvidado este “detalle” toda referencia a la “función social” caerá en el delirio.
Si nos mantenemos dentro de aquella acepción humanista de “función social”; pero, a contrapelo de la realidad, nos animamos a proponer que el diseño asuma esa función de un modo sistemático, no anecdótico, tendremos que ingresar en el terreno de la propuesta alternativa. Consecuentemente, deberemos asumir el compromiso intelectual y ético de denunciar las razones por las cuales dicha función es actualmente marginal y señalar las condiciones que tendrían que darse para que se cumpla plenamente.
No cabe duda que, para que los diseñadores en su conjunto puedan trabajar seria y continuamente al servicio de las necesidades de la sociedad y no del mero mercado, es indispensable que prosperen los proyectos política y económicamente transformadores, o sea, los populares. El diseñador preocupado por su función social debe, en tanto sujeto político, apoyar sin reservas todos movimientos que defiendan las causas sociales y no esperar, cándidamente, del sistema imperante una función ajena a su naturaleza y objetivos.
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